El refrigerador del duelo: lo que guardamos, lo que escondemos y lo que dejamos atrás
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Estaba limpiando mi refrigerador cuando me di cuenta de lo mucho que se parece a la forma en que guardamos las emociones del duelo. A veces metemos las cosas muy adentro para ocuparnos de ellas después. Algunas las dejamos al frente porque las usamos constantemente. Otras terminan arrinconadas hasta el fondo y, con el tiempo, empiezan a echarse a perder por falta de atención.
También guardamos cosas simplemente porque no queremos perderlas, aunque hace muchísimo tiempo que no las usamos. Y luego están esos «regalos» que nunca pedimos y con los que no sabemos qué hacer.
Hace algunos años, estaba ayudando a mi madre a limpiar su despensa después de una invasión de ratones (¡qué bichitos tan asquerosos!). Se me ocurrió mirar hasta el fondo de su refrigerador.
¡Uy, nooooo!
Aquello estaba horrible.
En defensa de mi madre, tiempo después descubrimos que tenía un aneurisma cerebral que le provocaba un dolor intenso cuando bajaba la cabeza. Por eso, cualquier cosa que terminara en la parte inferior del refrigerador prácticamente se quedaba allí. Mi padre, además, tenía degeneración macular y no podía ver bien lo que había en los estantes de abajo.
Todavía me sorprende que no se hayan enfermado por comer algo que llevara muuuuucho tiempo guardado.
Pero antes de seguir con las reflexiones sobre el duelo, tengo que contarles la historia del «refrigerador de la abuela» y nuestra aventura para limpiarlo.
Había llevado a mi hijo adolescente a visitar a mis padres, que vivían a unos 110 kilómetros de nosotros. No íbamos a verlos tan seguido como hubiéramos querido.
Nuestra misión era limpiar el desastre que habían dejado los ratones en la enorme despensa de mi madre y, de paso, pasar un tiempo juntos.
Mi madre había crecido durante la Gran Depresión, así que siempre tenía una buena reserva de alimentos.
La abuela estaba sentada en una silla de la cocina, vigilándonos mientras limpiábamos para asegurarse de que no tiráramos nada que pudiera necesitar algún día.
Había cajas de pasta, arroz y mezclas para pasteles, todas con agujeros hechos por los ratones. También encontramos tés de hierbas. Supongo que los ratones necesitaban una tacita de té para acompañar su pastel.
¡Y había suciedad por todas partes!
En algún momento fui al refrigerador a buscar algo frío para tomar. Miré el estante de abajo y descubrí algo espantoso.
Mi siguiente misión, después de terminar con la despensa, sería deshacerme de aquellas cosas peludas que estaban creciendo allí.
Y fue entonces cuando mi hijo recibió una lección de biología que jamás olvidaría.
Era demasiado curioso.
¿Por qué será que cuando le dices a un adolescente «no abras eso», lo primero que quiere hacer es abrirlo?
Mi hijo lo tomó como un desafío.
—¿Que no quieres que lo abra? ¡Pero si puedo ver por lo menos tres colores a través del plástico! ¡Tengo que saber qué es!
Mi respuesta fue un NO rotundo.
Le expliqué que cuando la comida tiene todos los colores del arcoíris, también suele tener un olor que se te queda metido en la nariz durante días. Un olor capaz de provocarte arcadas y hasta hacerte vomitar.
Los colores del arcoíris son muy bonitos, pero cuando aparecen en comida cubierta de pelusa, ¡son cosa del demonio!
Aléjate y déjame tirar eso a la basura.
Mi madre se estaba riendo tanto que le corrían las lágrimas por la cara.
Ya habíamos encontrado frascos de mayonesa, encurtidos y mermeladas vencidos desde hacía años. El más antiguo llevaba ¡siete años caducado!
Cada vez que tirábamos uno a la basura, mi madre protestaba:
—¡OYE! ¡Todavía podría necesitar eso!
También habíamos encontrado sustancias viscosas imposibles de identificar. Algunas terminaron en la basura con todo y recipiente.
Y entonces escuchábamos:
—¡Pero ese es mi buen Tupperware!
Yo le decía:
—Mamá, no lo has usado en años, salvo para cultivar lo que sea que está viviendo ahí dentro. Eso ya no se puede lavar. ¡Ahora forma parte del plástico!
Finalmente llegamos a un recipiente Tupperware de color azul claro.
Mi hijo no pudo resistirse.
Ya había visto baba verde, pelusas moradas y masas anaranjadas, pero nunca las tres cosas juntas en un mismo recipiente.
Le preguntó a mi madre qué creía que había dentro.
—Una chuleta de cerdo —respondió ella.
Le pregunté cuándo había cocinado aquella chuleta.
—Hace algún tiempo. No me acuerdo.
—Pues debe de haber sido hace bastante tiempo —le dije.
Mi hijo respondió:
—Bueno, entonces no puede estar tan mal.
Y levantó la tapa.
Lección de ciencias: cuando las cosas se descomponen, pueden producir gases.
El olor lo golpeó de inmediato.
Empezó a tener arcadas, con los ojos casi volteándosele hacia atrás.
Corrí, volví a poner la tapa y abrí las dos puertas más cercanas mientras los tres quedábamos atrapados bajo aquella nube de arcoíris.
Cuando finalmente pudimos respirar otra vez, empezamos a reírnos tanto que ¡casi me hago pipí en los pantalones!
¡Santo cielo!
Era muchísimo peor de lo que había imaginado.
Y por supuesto, no pude resistirme a decirle:
—¡Te dije que no lo abrieras!
Entre lágrimas de risa, tuvo que admitir que mamá tenía razón.
Y todos sabemos que no es muy frecuente que un adolescente reconozca que su madre sabe más que él.
Ahora volvamos al duelo y a todo lo que guardamos en nuestro refrigerador emocional
Llevo más de 40 años viviendo con el duelo, así que tengo demasiada experiencia guardando emociones para ocuparme de ellas después.
Es muy parecido a lo que hago con la comida en mi refrigerador.
Cocino muchos asados y guisos, y suelo preparar porciones adicionales para congelarlas. Mi esposo viaja por trabajo y se lleva esas comidas para calentarlas en los hoteles.
Pero algunas noches estoy demasiado cansada para dividirlo todo en porciones y simplemente lo meto en el refrigerador.
Si algo termina hasta el fondo, a veces me olvido de que está ahí hasta que se echa a perder.
Aunque nunca al nivel de las cosas que encontramos en el refrigerador de mi madre.
También recibo de vez en cuando regalos de comida demasiado picantes o diferentes de lo que acostumbro comer. Los guardo pensando que algún día me animaré a probarlos, pero ese día nunca llega.
¿Y qué tiene que ver todo esto con el duelo?
Si imaginamos nuestras emociones y recuerdos como alimentos guardados en el refrigerador del duelo, las semejanzas empiezan a aparecer.
El duelo puede llegar de muchas formas y en cualquier momento.
Cuando no estamos preparados para enfrentar lo que trae consigo, a veces lo guardamos para después.
Hay espacio en los estantes, en la puerta y en casi todos los rincones del refrigerador.
Pero las cosas más difíciles de enfrentar suelen terminar en el estante de abajo, escondidas detrás de todo lo demás.
En mi propia vida, algunas de esas emociones quedaron allí durante mucho tiempo, afectándome incluso cuando intentaba no pensar en ellas.
Cuando escribía mi libro Becoming Bigger Than Our Pain, hablé de cómo llegué a creer que necesitaba sentir el dolor de mi duelo para ser «leal» a mis hijos.
Me aferré a ese dolor durante muchísimo tiempo.
Lo tenía en el estante superior del refrigerador. Lo utilizaba todos los días. Siempre estaba a mi alcance.
Era parte de mí.
Y sentía que, si lo perdía, no me quedaría nada.
Ahora, al mirar hacia atrás, puedo ver lo dañino que aquello fue para mí.
Pero en ese momento era lo que tenía guardado en mi refrigerador.
También había otras cosas.
Tenía mis guisos de buena voluntad, esos que otras personas me ofrecían con la intención de ayudar.
Algunos eran deliciosos y me alimentaban con amor.
Pero otros venían acompañados de palabras amargas y comentarios hirientes.
Esos terminaban arrinconados hasta el fondo.
En la puerta guardaba mis «lo que pudo haber sido», siempre a mano.
Cuando veía crecer a otros niños mientras extrañaba a los míos, podía tomar rápidamente un trago de arrepentimiento.
También tenía un galón entero de jugo de culpa en la puerta.
Sentía que necesitaba beber por lo menos un vaso todos los días.
Mis huevos representaban mi protección.
Mientras mantuviera mi corazón bien acomodado dentro del cartón, me sentía segura.
Pero cuando alguno se salía o se rompía, mi corazón y mi alma quedaban expuestos a los demás.
Y eso no me gustaba.
¡No era seguro dejar salir mis huevos!
Si rodaban por el suelo, como hacen los huevos de manera tan impredecible, mis emociones también empezaban a rodar sin control.
Quería abrir mi corazón a otras personas, pero me parecía mucho más seguro mantenerlo dentro de su cartón.
Cuando mi corazón se abría y se rompía, parecía que entraba más dolor del que lograba dejar salir.
En la puerta también guardaba mermelada de enojo.
La reservaba para ocasiones especiales, cuando el dolor se volvía demasiado intenso y necesitaba desahogarme.
Estaba justo al lado de mi mostaza del miedo.
Cuando el duelo me exigía crecer, recurría a esa mostaza para acompañar los bocados difíciles del dolor, esperando no tener que volver a probar el mismo plato.
Poco a poco fui aprendiendo a transformar lo que guardaba en mi refrigerador.
Limpiar rápidamente un derrame solo resolvía el problema por un momento.
Intentar limpiar todo el refrigerador de una sola vez era demasiado abrumador.
Así que empecé a sacar una cosa a la vez.
Desechaba lo que ya no quería seguir guardando y lo reemplazaba con un ingrediente fresco para mi nueva vida.
Ese proceso me llevó años de aprender sobre mi duelo y sobre mi propio camino.
A veces, cuando no escuchaba lo que mi corazón y mi alma intentaban decirme, volvía a dejar caer las cosas al suelo.
Salpicaban por todas partes y, de alguna manera, terminaban nuevamente dentro del refrigerador.
Entonces tenía que empezar otra vez a limpiarlas.
Pero cada vez lo hacía con un poco más de sabiduría y con la fuerza que había ido encontrando para crecer.
Consejos del refrigerador del duelo
Mantenme fresco.
Cuando todo se calienta demasiado, las cosas pueden echarse a perder.
Reserva el estante superior para lo importante, aquello que utilizas todos los días.
Si allí tienes guardado el dolor, imagina transformarlo en amor.
Visualiza cómo sacas con la mano izquierda una vieja jarra de vidrio agrietada, llena de dolor, y cómo colocas con la mano derecha una hermosa jarra de cristal llena de amor.
La jarra del dolor está caliente y no pertenece a ese lugar.
La del amor es fresca, reconfortante y siempre tiene algo para ofrecerte.
Mantén el estante del medio lleno de guisos de buena voluntad.
Renuévalos con frecuencia.
Saca los que tienen un sabor amargo y tíralos a la basura.
No necesitas llenar ese espacio con palabras crueles, comentarios hirientes ni regalos hechos con malas intenciones.
Mantén limpio el estante inferior.
No escondas allí todos los alimentos difíciles de digerir.
Cuando algo termine en ese lugar, presta atención a lo que has guardado.
En mi experiencia, dejar ciertas emociones olvidadas durante demasiado tiempo solo hizo que siguieran afectándome.
Deja un poco de espacio en la puerta para nuevas direcciones.
Saca la mermelada de enojo y prueba reemplazarla con jalea de alegría.
No siempre es fácil encontrarla en el refrigerador del duelo, pero para mí valió la pena seguir buscándola.
Tira la mostaza del miedo.
Ya está caducada.
Reemplázala con una salsa de comprensión, de esas que te permiten mirar las cosas con mayor claridad.
A veces, un nuevo ingrediente cambia por completo el sabor de lo que tenemos delante.
Derrama la jarra de arrepentimientos por todo el suelo.
Después, imagina que limpias el desastre con toallas hechas de recuerdos felices y gratitud por lo que sí existió.
Saca el jugo de culpa.
En mi refrigerador ya no quiero reservarle espacio.
Durante demasiado tiempo lo bebí como si fuera algo que necesitaba.
Ahora prefiero imaginar que lo derramo sobre la tierra, donde puede desaparecer y dar lugar a algo nuevo, como la esperanza.
Libera los huevos.
Rómpelos y revuélvelos.
Deja que tu corazón salga de su cartón protector.
Para mí, eso significó volver a abrirme a amar y a recibir amor, aun sabiendo que un corazón abierto también puede ser vulnerable.
Y no te olvides de revisar tu refrigerador de vez en cuando.
Nunca se sabe qué podemos encontrar escondido hasta el fondo.